El programa de formación prevé, al final de cada semestre, un intercambio sobre las lecturas personales realizadas por cada uno de nosotros. Las lecturas del primer semestre de 2026 se desarrollaron en un ambiente enriquecedor, impregnado de belleza espiritual e intelectual. Los alumnos y sus formadores compartieron el contenido de las obras leídas durante el primer semestre. El objetivo principal de estas presentaciones era animar a los jóvenes alumnos a cultivar el gusto por la lectura, pues quien lee nunca se pierde ni se deja engañar; además, la formación incluye también el autoaprendizaje, ya que creemos firmemente que cada página que se pasa contribuye al desarrollo de nuestra personalidad. Las presentaciones versaron sobre los ámbitos espiritual y humano.
En lo que respecta a la dimensión humana, se ha subrayado que no se puede ser un buen cristiano sin ser, ante todo, un buen ser humano; por lo tanto, ser un buen cristiano, un buen sacerdote y un buen seminarista es el resultado de la bondad de la persona que uno es. Así pues, para alcanzar esa perfección humanista, hay que cultivar con esmero nuestra personalidad, del mismo modo que se cuida un jardín para embellecer la casa y atraer a las mariposas; del mismo modo, hay que cuidar nuestra humanidad para que nuestra personalidad atraiga a los jóvenes y sirva de modelo a los fieles. ¿Pero cómo? Leyendo buenos libros, adoptando buenos hábitos, escuchando y rodeándonos de buenas compañías.
En la misma línea, se ha destacado la cuestión del autoconocimiento, ya que este es fundamental en la vida. No solo sirve para tomar decisiones, sino que también ayuda a conocer los propios límites y nos ayuda a despertar; por eso existe esa máxima que dice: «El que mira hacia fuera sueña, pero el que mira hacia dentro despierta».
En lo que respecta a la vida espiritual, se ha afirmado con fervor que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. Por eso nosotros, los Sacramentinos, inspirados por san Pedro Julián Eymard, formamos una comunidad religiosa consagrada a la Eucaristía. Como sacramentinos, «nuestro ideal es vivir plenamente el Misterio de la Eucaristía y revelar su significado para que llegue el Reino de Cristo y se manifieste en el mundo la gloria de Dios» (Regla de Vida n.º 1). Para respaldar esta afirmación, nos hemos remitido a la Regla de Vida n.º 2, que expresa «una nueva vida no puede ser plenamente eucarística si no está consagrada a Dios y a los hombres». Esto nos recuerda que estamos aquí para vivir la espiritualidad sacramentina y el misterio eucarístico.
También se mencionó el testimonio de vida de san Juan María Vianney, quien, desde muy joven, consagró su vida a la oración y deseaba ardientemente convertirse en sacerdote. A pesar de las enormes dificultades, se mantuvo firme en su decisión; aunque no era un erudito, logró llegar al sacerdocio. Así aprendemos que, por muy débiles que seamos, Dios siempre está con nosotros, y el apóstol san Pablo nos recuerda que «lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso» (1 Co 1, 27).
A continuación, continuamos con el legado de santa Beatriz, que era una joven caritativa y piadosa. A pesar de ello, Beatriz pasó por momentos difíciles, ya que en el palacio se mencionaba más su nombre que el de la reina. Por ello, la reina Isabel llegó a odiarla y ya no ocultaba sus celos hacia ella; pero, a pesar de todo, Beatriz seguía tan sonriente y trabajadora como siempre. El odio de la reina estalló. Decidió matar a Beatriz asfixiándola; desde el punto de vista humano, ya no había esperanza, pero Dios obró un milagro al salvarla. Una vez a salvo, Beatriz rezó y afirmó que Dios la llamaba y que no podía dejar de responder a su llamada; entonces pidió permiso a la reina para abandonar el palacio e ingresar en el convento.
Por último, se ha dicho que la oración tiene tres dimensiones. La primera dimensión es el encuentro consigo mismo, pues el cielo comienza en mí mismo, y no se puede hablar del cielo sin hablar primero de las cosas de este mundo. La segunda dimensión es el encuentro comunitario, pues la oración nos convierte en hermanos y hermanas. Y la tercera dimensión es el encuentro con Dios, pues el objetivo de la oración es encontrar a Dios.
José Avelino
Estudiante en el Lar São Pedro Julião Eymard
Agosto 2026
