Martes, 01 Agosto 2017 22:26

El Siervo de Dios P. Lodovico Longari Sacramentino

El Siervo de Dios, P. LODOVICO LONGA­RI nació el 1889 en Montodine (Cremona), undéci­mo hijo de un matrimonio profundamente cristiano. En 1900 a la edad de doce años entró en el semina­rio de Crema. En 1912 fue ordenado sacerdote y nombrado secretario del Obispo. Muy pronto cono­ció la Congregación del Santísimo Sacramento y, atraído por la espiritualidad de S. Pedro Julián Ey­mard, entró en el noviciado. Contemporáneamente estalló la Primera Guerra Mundial y fue llamado a fi­las ejerciendo su misión como simple soldado sani­tario, misión que llevará a cabo hasta el final de la guerra en 1918. Profesó los votos como religioso en el seminario español de Tolosa, donde permanecería dos de los años sucesivos a la guerra; ya de vuelta en Italia, se le confió la misión de abrir el seminario de la Congregación, de manera provisional, en Lodi­giano. Desde el 1923 hasta el 1935 reside en Ponte­ranica, diócesis de Bérgamo, allí se dedicará a la for­mación de los jóvenes, primero como director de los seminaristas y después como maestro de los novi­cios. En 1935 fue nombrado Provincial y en 1937 Superior General, cargo que ocupará durante doce años. Se retiró con la misión de ser maestro del no­viciado en Ponteranica (Bérgamo), la casa de forma­ción que él mismo abrió y amó, allí murió el 17 de junio de 1963.

La influencia de la familia

El Obispo de la diócesis de Crema Mons. Li­bero Tresoldi, observaba oportunamente: “La prime­ra fuente para poder entender quién fue el Siervo de Dios es el ejemplo de la familia”.

La acción del Espíritu Santo empezó a mode­larle a través de la fe y la profunda vida cristiana de una familia y de una comunidad que, aunque pequeña y desconocida, lo marcará profundamente.

Undécimo hijo de un matrimonio ejemplar­mente cristiano, que cotidianamente participaba a la Eucaristía y rezaba el rosario, de ellos aprendió el cul­to a la Eucaristía y el amor a la Virgen Santísima.

Junto a estos padres ejemplares, Lodovico en­contró en su hermana Teresa una persona maravillosa, sabia y delicada educadora que le imprimirá la pasión por la Eucaristía y la adhesión amorosa a la santa vo­luntad de Dios, al igual que su Comunidad parroquial en la cual, afirmaba el Obispo: “todavía hoy la Euca­ristía y la devoción a la Santa Virgen son los valores en los que puede inspirarse, a pesar del cambio de las circustancias, toda familia de nuestros días.”

El primado del amor 

Una de las características principales del Sier­vo de Dios es la de ser testigo y apóstol de una espiri­tualidad que dilata el espíritu con el soplo del amor. Amor personal, íntimo y experimental de Dios. Lo percibió, se embriagó y se hizo su mayor testigo con la palabra y con la vida. La naturaleza y la gracia le dotaron con dones que le permitieron poder contribuir a la construcción de la nueva humanidad basada en el Amor que espera la Iglesia.

Algunas de las páginas de sus escritos juveni­les ya lo hacen notar: “A mí, de manera particular, el Señor me ha dotado de un corazón muy sensible, por­que quiere que sea santo. La santidad es AMOR. Y Jesús, ¡cómo me ha martirizado con su amor! Hasta no poder más y tener que ceder a la fuerza.. .Ante el buen Jesús me he dado por vencido… Por lo tanto Je­sús me quiere santo, pero siempre junto al calor de su Amor”. Se pone entonces en el seguimiento a Jesús: “el último libro de los Santos es Jesucristo. Los San­tos aprendieron la verdadera Sabiduría, no en la es­cuela de los sabios, no en el polvo de las bibliotecas, sino durante la oración, arrodillados a los pies de un Crucificado, cubriendo con besos y lágrimas los pies del Divino Maestro”. Y destacan expresiones origina- . les: “que antes que ofender en el amor, lo reduzca a una custodia material, pero que esta custodia conten­ga la electricidad del Amor”.

La opción de la vida religiosa supuso para Él “como un segundo Bautismo. Entrar en la verdadera Vida de Amor de Jesús, del gozo, de la armonía del Paraíso… Jesús me ha mirado, se ha enamorado de mí, me ha dicho: ven, te daré casa, pan… te amo. Por­que te quiero amar. . .”. El corazón se dilata: palabras y sentimientos se acumulan, se confunden. Habla de Eucaristía, habla de pureza y trasparencia. Se deja fascinar por el pan y por la cruz. Son destellos de mis­ticismo. La conclusión es una invitación por parte de Jesús: “déjate consumir por mi Amor”. A partir de es­te fundamento se desarrollará toda su vida espiritual.

Una vida personal toda “llena de eucaristía”

El encuentro con S. Pedro Julián Eymard, el Apóstol de la Eucaristía, determinó su camino y el centro de su espiritualidad, que llegó a ser el centro de su vida. “La Eucaristía es la necesidad de mi corazón, sin Eucaristía la vida sería imposible”.

Su pensamiento, y su oración a la Eucaristía serían continuos en su vida, creciendo cada vez más, simplificando toda actividad espiritual. A la luz de la Eucaristía analiza los grandes misterios de la historia de la salvación: la Creación, la Trinidad, la Encarna­ción, los milagros de Jesús y la Resurrección. Es en la Eucaristía hacia donde convergen todas sus medita­ciones sobre el sacerdocio, la caridad, la humildad. De ahí la fuerza para saber afrontar el sufrimiento, las pruebas, la fatiga, la responsabilidad. Entiende la Eu­caristía como Presencia Real del Señor, dada para ser adorada. Con fe viva reconduce el culto de la Euca­ristía a los cuatro fines del Sacrificio: adoración, ac­ción de gracias, reparación y súplica.

Evidentemente, no existe todavía la amplitud y riqueza de la doctrina eucarística del Vaticano 11: fue un hombre de su tiempo. Sin embargo la relación intensa con la Eucaristía, llena de fe y amor, se tras­mite como una constante, continuamente presente en su palabra nutrida de una vida de oración y adoración de manera ininterrumpida, ya fuera cuando en la tien­da de campaña se pusiese ante la custodia, o cuando ya como religioso y sacerdote de la Congregación tu­viese mil preocupaciones cotidianas, y el pensar en los continuos cambios del personal.

Su comportamiento no fue el de un teólogo que desarrolla intelectualmente la riquezas doctrina­les del misterio revelado, sino más bien el de un hom­bre espiritual que lo comunica con su vida, con la fuerza del Amor descubierto por fe en la contemplación, y con el testimonio de una vida plasmada por la Realidad divina. Esta vida orientada a la Eucaristía se dilatará en el celo de un Apóstol al que podemos ob­servar en tres campos diferentes: en el gobierno de su familia religiosa, en la formación de los jóvenes y en la santificación de los sacerdotes.

Superior de la congregación sacramentina

Sus dotes de caridad paterna, unidas al saber observar en el profundo de los corazones, se revelaron muy pronto preciosas para saber dirigir las comunida­des. De ahí que fuera Superior, primero local, después provincial, y por último general de todo el Instituto. El Siervo de Dios se sometió a la cruz de la responsa­bilidad con gran sufrimiento, en un momento delica­do, en el que se estaba produciendo el cambio de un gobierno centralizado a la división en provincias, operando con delicadeza y apertura de horizontes.

Se inspiró en el ejemplo del Fundador, difun­dió la doctrina renovó el espíritu según su tiempo y lo interpretó en el modo correspondiente a sus cualida­des. ¡Cuanto hizo simpática la Vocación eucarística!. Entusiasmado por pertenecer a la Familia Sacramen­tina: Es verdaderamente bonita nuestra vocación, be­lla según la belleza de Jesús, dulce como la dulzura de Jesús, calurosa por el Amor de Jesús, inmaculada por el candor de la Hostia Santa.

Consideró la Familia Sacramentina como un gran don que Dios había hecho a la Iglesia en un pe­ríodo de gran frialdad, para llevar la Eucaristía al centro, sacada del Sagrario por medio de la exposi­ción solemne, en un movimiento que llevaría después a la creación de los Congresos Eucarísticos y des­pués, bajo el pontificado de Pío X, la promoción de la Comunión frecuente y las Primeras Comuniones de los niños, la Adoración perpetua, nocturna y diur­na de los fieles.

¡Mucho fue su trabajo, empleado en suscitar Vocaciones!, procuró también la extensión de la Con­gregación, abriendo 28 casas nuevas en 14 naciones en países de misión.

Pero sobre todo ¡con qué pasión buscó el que se viviese con gran fervor el espíritu de oración y fi­delidad a la Adoración eucarística. Para la Familia del padre Eymard, primero en Italia y después en el resto del mundo, fúe como un viento de aire fresco.

Formador de jóvenes

Durante muchos años tuvo la misión de for­mar a los jóvenes, concretamente desde 1920 hasta 1931 y después desde 1949 hasta su muerte. Su méto­do, al igual que el de San Juan Basca, fue el de pre­venir y entusiasmar, presentando la belleza del ideal y haciendo gustar el Amor por el Señor, el atractivo de la virtud y la donación total, según las exigencias de los corazones juveniles.

Muchos son los testimonios sobre su método formativo: “nos conquistaba con su sensibilidad y ternura. Tenía un temperamento más inclinado a la bondad que a la severidad. j Su bondad crecía en de­terminados momentos, especialmente por la mañana después de la Misa o después de sus horas de ora­ción……. !” Enseñando a renunciar plenamente a sí mismo brillaba siempre en Él el primado del Amor.

“Era un Superior humano, comprensivo, aten­to, le gustaban los recreos, las risas. Manifestaba su amor sobre todo, en la atención a los más pequeños, a los enfermos, con aquellos que se encontraban en al­guna dificultad”.

“Mandaba descansar al que estuviese cansa­do, daba ánimo, se interesaba por la salud de los de­más, se preocupaba de la comida, de la casa, estaba atento con las personas que colaboraban con él, se in­teresaba por los problemas familiares de los demás”. Prefería un estilo de gobierno bondadoso y miraba más a convencer que a dominar.

Predilección por los sacerdotes

El Siervo de Dios tuvo un carisma especial por los Sacerdotes, los “multiplicadores”, como los consideraba el fundador. Les amó y les ayudó a abrir­se al Señor para encontrar la felicidad de la propia lla­mada.

Siempre privilegió en su ministerio a los Sa­cerdotes. Numerosos fueron los retiros que les predi­có en toda Italia, en institutos y seminarios, en el elen­co encontramos benedictinos, basilianos, dehonianos, monfortianos, trapenses; entre los seminarios, el de Roma, Propaganda Fide, Venegono, Molfetta, Bérga­mo. Marcaba siempre la necesidad de la Oración, del Amor a Dios. Siempre encontraba la ocasión para ha­blar de la Eucaristía en cada tema que trataba.

“Si mal no recuerdo, nunca he oído predica­ciones como las del padre Longari, impregnadas y ca­si perfumadas por la Eucaristía…” Más que con sus palabras hablaba con su propia persona.

Una persona anónima lo describe de este mo­do: “Su figura era la de esas personas que te trasmiten paz, te purifican, te confortan, te hacen reencontrarte contigo mismo, como un examen de conciencia, casi invitándote a imitarle. Desprendía algo difícil de defi­nir, pero que actuaba por irradiación, por ósmosis. Era una presencia, un testigo. Sus palabras eran la expresión de su persona, en la que encontraban su vigor. Su rostro era pacífico y radiante, su mirada siempre sere­na y limpia dirigida siempre a lo inmediato y al mis­mo tiempo siempre puesta en el futuro.. .”. Resume el retrato con una expresiva comparación: “¡era un Sa­cerdote, un Adorador, como una persona que por na­turaleza parece haber nacido para ser poeta o piloto!”.

En los últimos años, cuando ya no podía mo­verse, no dejó sus encuentros, sino que se abrió a una acogida paterna en la propia casa: venían a visitarle cuantos pasaban momentos de prueba o tenían nece­sidades de consejo; eran enviados sobre todo por el Obispo de Bérgamo. La delicadeza: ayudaba a hacer que la Eucaristía fuese vivida como el momento cen­tral de toda la jornada. Su secreto, una receta: “sentir la necesidad de dejarse robar el corazón por Dios”.

“Trasmitió vivacidad en torno a la eucaristía”

Fue el Obispo de Bérgamo, Mons. Giulio Og­gioni, el que hizo con esta frase un resumen de la ac­ción del Siervo de Dios en su diócesis. Nos parece sig­nificativa y se podría extender a otros períodos difíci­les de su vida en los que su celo fue ininterrumpido.

Ya como sacerdote y religioso sacramentino, vivió en el Frente, el periodo de la Primera Guerra Mundial, y además en primera línea como soldado sa­nitario. Imaginemos las dificultades y peligros. Sin embargo el Siervo de Dios recordará ese período co­mo una de las etapas más felices de su vida, la viviócomo sacerdote. Trasformó el frío barracón en Capi­lla, por la mañana temprano la santa Misa, después una hora de adoración ante el Señor expuesto. El Sa­grario era una mochila, adornada con flores y velas… Alrededor la destrucción, agujeros de granadas toda­vía sin explotar, olor a sangre, silbidos de misiles. Pa­ra nuestro Siervo fatigas inimaginables: socorrer a los heridos, ayudar a trasladados al hospital, sepultar a los muertos. Le ocurrió por ejemplo, el recoger a un oficial que sus compañeros quisieron echar en un agu­jero ya que su estado era muy grave y sus esperanzas de vida eran muy escasas. Pues bien, se opuso con to­das sus fuerzas. La moral en aquel ambiente era muy pobre y se despreciaba a los sacerdotes. Estas noticias nos llegan a través de sus compañeros. De él tenemos simplemente estas notas: “¡En el corazón cuánta paz y seguridad! ¡Gracias, Jesús de la Eucaristía! ¡Por tu amor, haz que comercie siempre y en todo momento el talento eucarístico!”

La otra guerra, la segunda, la vivió como Su­perior general. Cuando después del 8 de septiembre de 1943, le fue imposible visitar las casas, aprovechó para aceptar las peticiones de predicación. Fue muy solicitado: sus maneras sencillas y persuasivas entra­ban en los corazones. A las almas consagradas les tra­zaba líneas de generosidad. ¡Cuantos monasterios y conventos femeninos le buscaron. !Abría los corazo­nes. Decía: “Antes de proponer reformas, hay que po­ner los corazones en paz”.

Este fue su estilo en la predicación, incluso con los fieles más necesitados, el pueblo que encon­traba en las “Cuarenta Horas”, que a menudo anima­ba. Aquí su “vivacidad” tenía un argumento preferido: el Amor misericordioso de Jesús, porque “del Amor ha hecho un sacramento, la Eucaristía”. “Tenemos que ser los ministros de la misericordia”. Y convencía con ejemplos: “si a un bonito vestido, le hacemos un roto, será grande nuestra pena; pero si sobre el roto del vestido una valiente costurera borda una bella flor para cubrido, el vestido será más bonito y tendrá más valor. Dejemos que sobre nuestros fallos, Jesús borde su flor”.

Se pueden resumir sus invitaciones: para aquel que tiene necesidad de ser perdonado, “recono­ced vuestra propia miseria y después confiad total­mente en su misericordia “. Para todas las almas: “nuestra vida es como una página en blanco, sobre la cual el Señor escribe incansablemente una palabra ¡AMOR!”. Era de este modo como abría los corazo­nes de todos.

Un hombre de la iglesia

“Un santo no vive para sí mismo: es un mara­villoso don de Dios para su Iglesia y sus hermanos”. Como decía S. Pedro Julián Eymard.

¿Quién fue, entonces, nuestro Siervo de Dios? Le podríamos presentar como un hombre profunda­mente de Iglesia al servicio de las necesidades de su tiempo. Aceptó, de hecho, en lo más profundo de su ser, la enseñanza de la Iglesia y la comunicó con gran fidelidad.

Muy devoto del Papa Pío XII, le pedía a me­nudo audiencia personal cuando tenía algún problema importante.

A su hermana le confió este secreto: “Desde hacía tiempo sentía este deseo, y este mes he hecho llegar al Sumo Pontífice una carta en la que humilde­mente le pedía que aceptase mi pobre vida para el bien de la Iglesia Católica y mi espíritu en ayuda de su co­razón como Vicario de Cristo. No te sabría expresar la profunda alegría que ha experimentado mi alma con este hecho.”

Los tiempos que le tocaron vivir fueron com­plejos y gloriosos. Una época de grandes contrastes: por un lado el sorprendente desarrollo científico y téc­nico, y por otro el sensible oscurecimiento de las con­ciencias, con la pérdida del sentido de la trasparencia de Dios. ¡Pero, apareció la gracia del Concilio y fue una gran sorpresa!. El Siervo de Dios vivió los pri­meros albores; pero no pudo gozar de sus primeros frutos, como tampoco pudo entrar en el nuevo clima de vida pastoral y litúrgica. Murió poco después de terminar la primera sesión, concretamente en Junio de 1963, apenas dieciocho días después del Papa Juan XXIII.

¿Cuál fue su originalidad? La de haber prepa­rado su espíritu construyendo sobre base segura las disposiciones que le permitiesen la acogida dócil y fiel, enseñando a vivir con obediencia y amor a la Iglesia, a tener una apertura de espíritu sobre los acon­tecimientos de la historia vistos como Voluntad de Dios, a mantenerse con una perfecta libertad y paz in­terior ante las circunstancias humanas. Todo aquél que se identificó con sus enseñanzas ha podido aco­ger, como una luz sobrenatural, los grandes cambios como dones. ¡Qué admirable es Dios mandando pre­cursores para preparar sus caminos!

Nuestra confianza está en que desde el cielo continuará ayudándonos con su intercesión. ¡También en esto está su actualidad!

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Expreso mis mejores sentimientos y deseos al Padre Postulador de la Causa de Beatificación del Servidor de Dios, P Lodovico Longari, para que pueda propagar su nombre entre los fieles.

Se trata de una tarea fructuosa, pues originará de ella un amplio conocimiento del ideal y del espíritu de nuestro fun­dador, San Pedro Julián Eymard.

Ya que este Servidor de Dios ocupó el cargo de Supe­rior General de la congregación, deseo que todas nuestras ca­sas puedan colaborar haciéndolo conocer a los fieles de ladi­ferentes naciones.


P. Norman B. Pelletier, sss 

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Aquellos que deseen infonnación, estampas, imágenes o comunicar alguna gracia recibida, dirigirse a:

P. Carlo Vassalli, sss
Via Battista de Rossi, 46
00161 Roma, Italia

Modificado por última vez en Martes, 17 Abril 2018 10:30